miércoles, 4 de marzo de 2009

Mara y Mario


Su amor fue tan intenso que les dejó con agujetas en la cara, pues Mara nunca había sonreido tanto como cuando empezó a sentir a aquel personaje, tan distante al parecer, pero tan tímidamente cercano, tan lindo, tan íntimo... su bebé

Cuando nació, sólo podía sonreir al verle, al pensarlo, al escuchar sus gorgoteos, al hablar con él a sabiendas de que no le respondería... él se convirtió en el centro de su vida.

Desde que Mario nació se convirtió en el sueño de Mara, por eso le puso un nombre parecido al suyo, lo sentía tan cerca de sí, y tan parecido a ella... que de alguna forma quería que la recordara siempre, cómo si no por su nombre.

Mario nació un día cinco de Mayo, en primavera y tardó cinco horas en aparecer y dar el grito a la vida, gritó tan alto que estaba vivo, que había llegado al mundo y que necesitaba un lavado, que las nubes tuvieron que juntarse para hacer caer algunas gotas que lo limpiaran.

Así pasó, la lluvia lo limpió de todo mal, lo lavó de su antiguo modo de vida y lo admitió como hijo de la naturaleza global.

Mario nació para ser especial...

Aprendió a leer rápido y Mara jugaba con él, le explicaba el porqué de miles de cosas que él mismo preguntaba, le apremiaba por sus logros, le enseñaba a levantarse cuando caía, lo acompañaba, Mara era madre y padre a la vez, y se las ingenió perfectamente para sacarlo hacia delante, su afán consistía en hacer de Mario un chico útil, dinámico y espabilado, quería que creyera en la esperanza, en la fe...

A sus doce años, Mario comprendió que algún día estaríamos solos en el mundo, su madre murió.

Se sintió perdido por algunos meses, hasta que logró soñar con ella, y decirle cuánto la quería, cuánto la echaba de menos y que si podía lo cuidara siempre desde el cielo.

Su madre, con todo el amor del mundo le contó un cuento en el que le decía que tenía que seguir viviendo, la vida lo esperaba y que aprendiera en cada paso, que alimentara su alma siempre con paz, armonía y buena alimentación, que lo más importante para ella era que él fuera feliz, le prometió que lo cuidaría e intentaría guiar, iluminándole y que jamás lo dejaría solo, sin embargo, le pidió a cambio que viviera la vida, serenamente, sanamente, libremente y que se enamorara, que formara una familia... tenía que ser feliz...

Se abrazaron, se dieron mil besos y en uno de ellos, Mario despertó mojado en sudor y lágrimas, había sido tan real... que aun le parecía oler el aroma a canela de su madre.

Todo había sido un sueño.

Lloró su ausencia todo lo que quiso, y una vez despejado, durmió más tranquilamente.

Ahora sí que había sido un sueño maravilloso, placentero y al despertar se dijo que debía cumplir el deseo de su madre, así lo hizo.

Y desde aquel día... Mario, en la casa de su abuela, empezó a madurar.




(sé que tengo que seguir con el cuento de la Luna, tiempo al tiempo, queridos lectores)

6 comentarios:

Brujita dijo...

precioso relato :)

Gabriel B. dijo...

¡Uh, qué rápida! ¡Ya has publicado! El relato desgrana mucha ternura, es bonito y creo que te has sentido bien al escribirlo, que al cabo, es lo que importa.

Saludos.

Cathy Pazos dijo...

Que tierno y muy lindo por cierto.
Besitos

:D

Dama Blanca dijo...

Es una historia preciosa, tan dulce y tan tierna... te hace sentirlo, y eso ya es mucho.

¡Un saludo!

Sara dijo...

creo que tu relato va perfecto para la frase, porque habla del amor más auténtico de todos...


un saludo

Virginia Vadillo dijo...

Jeje, no sé por qué no había podido leer aún tu relato, aunque fuiste muy madrugadora... me ha hecho mucha gracia, porque yo... también nací un cinco de mayo!! XDDDD
Sin duda, es el amor más bonito =)
Besos!