martes, 24 de agosto de 2010

Podía percibir cualquier cosa a través de sus sentidos multiplicada por diez, pero no llegar a comprender ninguna.

Esta puede ser la historia de un ciego, pero no lo es. 

Es mi historia; nunca he perdido la vista, pero sí me fui apagando, poco a poco y sin darme cuenta, la realidad empezó a enredarse con la fantasía hasta el punto de confundirme tanto que no sabía distinguir qué era real y qué no lo era. 

Esta es la historia de una mujer que no se siente feliz con lo que es, con lo que percibe, con lo que vive. Lamentablemente, al vida no es fácil, pero una chiquila de quince años nunca lo podrá entender. La vida es demasiado bella a esa edad como para soportar una familia con problemas... sí esta es mi historia.

Todo este camino de aprendizaje (llamémoslo así) comenzó a mis quince años. Mis padres sobreprotegían a unos chicos alocados que decían ser mis hermanos y  mi hermana mayor y yo buscábamos la manera de llamar la atención, una atención que no llegaba, una atención que sólo venía para regañarnos o incluso pegarnos.

Un día, mi padre entró en mi habitación y me obligó a desnudarme, tras una paliza por no me acuerdo qué, pude comprobar que no sólo quería pegarme, quería violar mi integridad, mi niñez.

Sentí el dolor más grande que jamás hubiera sentido, la fuerza bruta más grande que jamás hubiera sentido... sentí que el mundo me daba tantas vueltas que me asfixiaba y quise morir.

Cuando mi padre terminó conmigo siguió con mi hermana y me obigó a mirar. Ya no solo sentí aquella fuerza, también la ví, la escuché a través de los gritos de mi hermana, la olí.

Desde aquel día, las "visitas al dormitorio" de mi padre se fueron sucediendo una y otra vez, mi madre miraba a otro lado y luego nos repetía una y otra vez que nos quería más que a nada, y que nuestro padre también. Nunca entendí esa manera de querer y decidí que prefería que no me quisieran a que me quisieran tanto que me pegaran por las noches y me forzaran a sucumbir ante una fuerza que me hacía daño, no solo a nivel corporal sino a nivel mental.

Me refugié en cuentos infantiles para recordar que aun podía soñar, me refugié en sueños, en escondites donde me inventaba realidades siempre mejores que la que yo conocía, sin palizas, sin dolor, sin una madre que insistía en un amor que no podía entender.

Así fue como empecé a creer que esos mundos que inventaba eran reales y que el mundo y la realidad estaban cambiando. Cuando mi padre entraba en mi cuarto, me transformaba en un caracol y escondía mi cabeza en "mi mundo", cuando mi padre pe pegaba las palizas escondía mi cabeza en esos mundos... y me los crei.

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